|| de Ángeles Arenas ||

 

Para mis compañeros del curso de creación literaria de la f,l,m., 2017

My story’s too long

Not that exciting, a mourning city

Phoenix

 

No es verdad. No es verdad que regresas a visitar los lugares donde amaste la vida. Regresas a los lugares donde con sangre salpicaste las paredes y los restos de huesos-memorias quedaron bajo capas de polvo, una por cada año de tu ausencia. En el mejor escenario, ya no retornas; en el peor, lo haces para provocarte melancolía y experimentar un cosquilleo en el pecho al contemplar el bar en ruinas, aquel donde te emborrachaste durante tu primera semana de soltera con el imberbe de tu amigo. Visitas el viejo barrio y te das cuenta de que han pintado con otro color la casa de la infancia, el café donde se vieron por última vez cambió de nombre, la catedral que de católica no tenía ni la entrada ahora es un hospicio; lo que más te duele, es pararte frente al hogar donde casi consumaron sus cuerpos, donde por primera vez escuchaste un vinilo y el imberbe te dejó contemplar su colección de libros. Te duele la mitad del cuerpo al recordar el sabor del té que preparó para ti, sabía que era uno de tus vicios. Sí, es verdad que regresas a la ciudad para abrir cicatrices, retornas porque te gusta sangrar. Retornas al pasado porque del presente conservas poco: un gusano agujereó tu cráneo hasta llegar a los recuerdos, desde entonces eres incapaz de responder preguntas sencillas como tu nombre; pero hay una cosa, sólo una que el tacto ha decidido conservar: el camino de lágrimas que has dejado al visitar tus memorias.

 

Diabolus Incarnatus

Sentí la carne tensa, abrí los ojos poco a poco. Sin luz. Cerré los ojos y repetí el proceso. Lo intenté, el entorno seguía oscuro. Con cuidado moví mis pies, mis manos: imposible; levanté la cabeza e impacté contra un objeto sólido. Escuché unas pisadas próximas, traté de quedar inerte, pero debido a la claustrofobia, la ansiedad se manifestó en mi pecho y todo mi cuerpo comenzó a inquietarse: el corazón palpitaba desesperado, de mi frente brotaban gotas de sudor, mis terminales nerviosas colapsaron y mis extremidades temblaron por largo tiempo. Afuera el ruido aumentaba.

Nuevamente se acercaron otros pasos, esta vez pisaban con mayor seguridad, se quedaron en silencio y enseguida un clic me dirigió hacia otro plano. Luz. Cerré los ojos, me costó varios minutos acostumbrarme a ella. Cuando finalmente mis párpados se despegaron, al mismo tiempo logré dar órdenes a mis piernas y con mis manos empujé muy fuerte el cristal con el que mi cabeza había pegado. Levántate, me dije. Estuve sentado tratando de alimentar con aire mis pulmones, cuando reaccionaron, noté el olor a flores y cerillos quemados.

Pasado el trance, giré mi cabeza y pude apreciar que una multitud, desbordada en lágrimas, me rodeaba; entre ellos reconocí una cara. Sí, ahí estaba su serenidad, después de todo lo no-logrado me visitaba con un ramo de gardenias, con la cara mojada y el cabello enredado, parecía más un adolescente desgarbado y sucio que un vivo en luto. Enseguida me levanté, o eso creí, caminé hacia él y lo forcé a mirarme, se dio cuenta de la ira que irradiaban mis ojos.

Me abalancé para retenerle antes de que suplicara una huida, su cuerpo tenía intenciones de no enfrentarme. Yo quería explicaciones y la mayoría empezaban con una pregunta. Comencé con golpes en los riñones, fue entonces que gritó desesperado por ayuda. Me dio lástima que nadie se acercó para auxiliarlo; físicamente era un hombre deseable, pero su alma siempre estuvo fracturada, peor aún su carácter lo marginaba de crear lazos estables con las personas que amaba.

La gente, cercana a nuestra lucha, se apartó inquieta. ¿Por qué llora así?, decían con asco, como si el hombre en el suelo fuera mierda. Me recosté en su pecho, lloré todo lo que pude y entre lágrimas recé. Un policía trató de levantarnos, más bien, de levantar al otro; mi cuerpo seguía acostado en la caja, lo comprendí cuando el desfile hacia el féretro continuaba para encontrarse con mi cara. Me incorporé del piso para acercar a mirarme a través del cristal. Volteo. El altar de flores. Las velas, el incienso. La fiesta de mi muerte. Ahí estaba, con el rostro hinchado, con la herida sobre la mejilla. No entendía. Estaba furioso.

Agaché los ojos para ver al cuerpo que dejé tirado, caminé para ponerme de frente, estaba desmoronado llorando, no pudo sostenerme la mirada cuando le hablé por su nombre. Éste, con las manos encima de su cabeza, en forma de feto y babeándose el traje, lanzó un grito. No me perdones, fue lo único que pude decirle.

Casi no logro completar mi tarea: una lágrima con varios recuerdos cayó por mi mejilla hasta llegar a su boca. Besé su frente y parpadeé varias veces hasta que mis ojos enfocaron. A pesar de saber que la carne de este individuo estaba maldita, sacrifiqué mi muerte por la vida.

No sabía lo que era estar en su cuerpo hasta hoy, poco a poco he aprendido a vivirlo; después de que le di de beber tristezas a esto permuté. Hasta la fecha visito mi tumba y escucho cómo su alma pide luz. A diferencia de la mía que sí cobró la venganza a tiempo, la suya nunca lo hará.

Discapacitado

Abordé el avión con un amigo, pedimos lugares uno a lado del otro para apaciguar los nervios que nacieron en el aeropuerto. Aquella fue una sensación de muerte, mis manos comenzaron a sudar cada que llevaba un pedazo de sándwich a la boca, enseguida mi estómago palpitaba desesperado como señal de querer regresar el diminuto pan.

Escuché una voz lejana y al voltear a la izquierda mi amigo tenía el semblante preocupado, me preguntó algo que no entendí y contesté afirmando con la cabeza, él me dio unas palmaditas en el hombro que sólo prolongaron el mareo que se intensificaba con cada golpeteo del estómago.

Realicé varias secuencias de respiración. Estaba sentado de tal forma que salir con dirección al baño se complicaba, toda la fila de pasajeros tenía que dejar su incómodo lugar para dejarme pasar. No lo intenté, me quedé ahí respirando con la boca en la mano por si algún fluido salía de ella, las bolsas para el mareo estaban ausentes y hablar me resultaba muy difícil.

Llegamos. El avión aterrizó normal, ninguna falla, un poco de turbulencia, pero nada más. Lo que menos esperaba es que todo comenzaría cuando nos subimos al taxi que nos llevó al hotel. En cuanto el auto se puso en marcha, comencé a sentir el cuerpo extraño y delgado, como si al minuto próximo me fuera a resbalar del asiento para caerme por alguna ranura del coche e ir a dar a la calle.

Lo peor vino cuando, pasando un bache violentamente, toqué por accidente la cabeza del conductor. Me di cuenta de que con mi mano podía explorar más adentro: llegué a tocar sus sesos, sentí aquella viscosidad que fue un método para tranquilizar mis nervios. Me quedé atrapado ahí todo el camino.

Todo era armonía, observar las palmeras de las jardineras públicas y sentir el aire fresco que pegaba contra mi cara. Cuando el conductor anunció nuestra llegada, pude sacar mi mano de su viscosidad, la miré y no tenía mancha de haber tocado sus sesos.

El estómago fastidió de nuevo, se mantuvo insoportable hasta que llegamos a recepción y mis dedos rozaron el brazo de la señorita anfitriona que, con una gran sonrisa, nos encaminó a la habitación. Esta vez mi extremidad no quedó atorada en su cuerpo, pero bastó para saber que la joven necesitaba el calor de otro humano, calor apresurado y escurridizo.

Cómo me sirvió el poder de esta mano para otras ocasiones, sin embargo, la molestia continua del estómago, me convirtió en una persona dependiente de emociones, pervertido e incluso para algunos, pedófilo. Todo por el sándwich que le compré a un viejecillo, vestido con una túnica blanca, que se acercó en la sala de espera del aeropuerto.

 


Ángeles Arenas (Cuernavaca, 1996) Estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Publicada en las revistas Radiador Magazine, Minificción, Marmórea, Animalario y Efecto Antabús. Ponente en diversos congresos de lingüística y literatura. Participó en el noveno curso de creación literaria para jóvenes en Xalapa, organizado por la Fundación para las Letras Mexicanas.

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