||| Afhit Hernández Villalba ||||

 

 

I

 

En la calle de tierra, frente al tecorral que divide el cerco de cardos ocres y el maizal, te ves sentado en tu bacinica de porcelana.

 

Tienes dos años sobre esta tierra y algunos más en otra parte que casi no recuerdas.

 

Te han olvidado.

 

Desnudo de la cintura a los pies, mirando a los cuchitos y tal vez pensando con el corazón y con los ojos (que es cómo piensan los niños desnudos), te han olvidado en un mar de leche dulce.

 

Mirando el mundo, sus mujeres y su trajinar de cosas: la masa, la ropa, tu madre y sus mil tareas escolares por calificar.

 

Eres tú, sentado en tu trono pequeñito de porcelana, en un reino nuevo y transparente.

 

 

II

 

Antes de que te engendraran, ¿dónde estuviste?, ¿qué eras?

 

El latido de tu madre fue tu mitad desventurada.

La otra, el aliento de cigarro y lirio, de caballo y nube, que formaba, inconsciente, tu padre, entrecerrando el labio abierto de su corazón.

 

Eras su propio pecho, enervado por un soplo proveniente de otro océano que llegaba a revolver tu cabellera inexistente.

 

Y aseguras hoy que la no existencia es una fortuna; un momento de placer extendido, como el Nilo cuando lo dora el sol, o como un sueño o como la vida más larga que no viviremos nunca.

 

Antes de nacer todos fuimos todo.

 

Y ese instante exacto que tardamos en recobrar el beso después del beso, ese tiempo que no existe y que no juzga, nos creó a todos de repente.

 

Así, sin ningún motivo.

 

 

VI

 

Un día, apareciste.

Tu voz en mi oído era un río susurrante:

 

“Búscame cerca del puente. Sigue mi rumor de bosque, hasta verme caer, a mí, niño de agua, en una hoja de hierba”. Me dijiste.

 

“Corre detrás de mí; si puedes, corre con todo el peso de tus años y trata de tocar la blancura de mi traje.

 

Para que te oriente, dejo un zapato a la orilla del sendero. Si sientes hambre, puedes comer de las bayas del camino. Si tienes sed, encontrarás rocío de sangre en la punta de mis venas. Pero sigue cauteloso o caerás en el estanque oculto y negro de mis ojos de terrible infante.

 

Y si me pierdes de nuevo, no me busques en tu costillar de oro o en tu fragante memoria de taxidermista. Sino en lo que no has dicho nunca porque si se menciona, se pierde para siempre”.

 

 

XLX

 

El niño que fui se ríe en los salones oscuros de mi oído. Me dicta frases que solo entenderé ahora cuando el tiempo ya pasó y las lluvias ya cubrieron las huellas de las lluvias de otros tiempos.

 

Si pudiera, yo quisiera entrar en el oído de aquel niño que fui y recostarme en la estera de palma de su pecho, beber de la leche que le designaron, tocar con sus manos las manos de mi madre, sentir desde su mejilla su caricia.

 

Y quisiera decirle desde su oído, que es también el mío, ese lugar donde moran sus risas, como olas:

 

“Hermoso niño, no corras, no te apresures, no llores si no alcanzas. Aprenderás tarde o temprano que el verdadero templo es tu corazón”.

 

 

 

Afhit Hernández Villalba,  oriundo de Tlaquiltenango, Morelos, radica ahora en Cuernavaca. Estudio Humanidades en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Realizó la Maestría en literatura clásica y es Doctor en literatura mexicana por la UNAM. Su línea investigativa se encuentra centrada en los estudios de la poesía mística mexicana y ha publicado ensayos y artículos al respecto en revistas especializadas del país e internacionales. Ha publicado los libros de poemas Los placeres y las ruinas, Cuerpo interrumpido, León Alado y Retrato de niño ahogado en sangre y luz de donde se desprenden los siguientes poemas. Ha participado en varias antologías poéticas del país, siendo la más reciente Cruce de peatones Estaciones presentidas. Ha sido ganador de Primer premio nacional de Narrativa LGBTTTI 2016 y primer lugar de los Juegos florales Lagos de Moreno 2016. Actualmente es profesor de literatura y español.

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