|||Gus Reyes  |||

De fantasmas y objetos perdidos

Alguien una vez me dijo que los muertos soñaban. Era tal la fuerza de ese sueño, su deseo de seguir vivos; que de repente podíamos verlos, y tontamente nos espantábamos.
Yo podía hablar con ellos, cada uno me platicaba como teniendo mil voces, y
sin tener una sola. Me contaban sus experiencias, sus travesuras, sus decepciones. Los que murieron a una edad madrugadora, usualmente hacían diabluras:
Cambiaban la estación de la radio, movían de lugar las cosas, jugaban con las
luces. Muchos adultos gritaban, gemían, se lamentaban. De los que murieron de “edad” era quedarse en los lugares que frecuentaban cuando vivos. No es raro ver una mecedora moviéndose sin razón aparente. Pero chicos, jóvenes, adultos, ancianos, ricos o pobres, tristes o alegres, tenían en común un sentimiento: la nostalgia. Todos podían ver a sus seres queridos pero no podían ser vistos por ellos. Se esforzaban enormemente por hablar con sus familiares, con sus amigos. ¡querían convivir! Una imposibilidad para quien perdió la vida.
Era una elegía de colores ver sus intentos por hacerlo:
Don Germán todos los días le cantaba “Nuestro Juramento” con la guitarra a
su amada, como en serenata. Olvidado ya de su artritis. Ella jamás lo vio, pero
siempre y quién sabe por qué, se le veía tarareando. El pequeño Aarón, disfrutaba de tomar los aretes de oro de su madre y cambiarlos de lugar. Su mamá siempre los encontraba y sonreía.
Raúl arrancaba flores y las arrojaba a manos de su novia, quien se estremecía y sentía un abrazo mandado de la nada. Ayer, Pepito bajó a su sala y encontró las piezas de ajedrez en posición de batalla. Recordó a su abuelito y el día que le enseñó a jugar.
Así es, lo único que faltaba era una verdadera comunicación, un diálogo, un
abrazo. Algo que considero digno de mención, es que los muertos sólo pueden
encontrarnos si no los lloramos. Son entes que se mueven por sentimientos, en
un mundo oscuro y les gusta que hablemos en buen término de ellos, que los
recordemos con alegría.
De modo que si usted carga con un luto reciente, debe recordad las risas y los
momentos hermosos. Así como no espantarse si escucha una musiquita como
un leve susurro, si una flor le cae de la nada, o si sus llaves aparecen en un
lugar donde no las dejó nadie.

 


 

El otro Minotauro

Minos: esposo de Pasífae, padre de muchos, muchos hijos. Al final tuvo uno que no fue su orgullo. El pobre niño tenía una deformidad que causaba vergüenza a sus padres, una joroba enorme, un brazo mucho más delgado que el otro, carente de un ojo y con una frente que parecía un relieve montañoso. La decisión fue esconderlo, se le ordenó a Dédalo que hiciera un laberinto tan complicado que jamás nadie pudiera salir de él.
Las deformidades del bebé eran una atrocidad para su decepcionado padre, quien tuvo una idea terrible al ver dos montículos que sobresalían de su frentecita. Fabricó la historia de que Pasífae había fornicado con un toro, y que de ese coito anormal había nacido un monstruo antropófago, que sólo podía ser contenido estando en el laberinto que Dédalo fabricaba.
La historia fue tan bien aceptada, que al hijo deforme de Minos se le llamó Minotauro; se daban descripciones detalladas de una cabeza de toro en un cuerpo de hombre formidable y gigante, y se hablaba de su apetito insaciable de carne humana.
El pobre niño rodeado de muros enormes y vagando sin poder escapar, creció solitario y huraño. De repente se le arrojaba una comida parca, que Minotauro no podía encontrar hasta días después. Cuando estaba ya putrefacta.
Comenzaron a llegar barcos de Atenas cargados de jóvenes. Los rumores (iniciados por el propio Minos) indicaban que eran la carga alimenticia del terrible monstruo.
Minotauro pasaba las tardes caminando torpemente, estrellándose contra los intraspasables muros, o apretujado en algún lugar de su prisión, sin compañía. Jamás encontró a Dédalo, que fue encerrado con su hijo para que no develaran el terrible secreto del Rey Minos: No podía saberse que el gran Rey de Creta trataba a su hijo de ese modo atroz, que lo alimentaba de miserias (cuando lo alimentaba) y que los barcos de Atenas traían más esclavos para el palacio.
Fue un día que mantener a Minotauro se hizo molesto y que los Atenienses decidieron no mandar más esclavos. El acuerdo fue sencillo: Teseo, un mercenario eliminaría de una vez por todas a Minotauro, se le dio un cordel para que pudiera salir del laberinto siguiendo su huella y se puso en marcha.
Después de mucho encontró al muchacho, desnudo y descuidado. Flaco hasta los huesos pero con sus deformidades que le daban el aspecto de lo que pudiera ser un patético árbol de pelos largos y despeinados. Teseo no tuvo que hacer mayor esfuerzo que el de sacar su espada y matarlo, pero prefirió magullarlo a mano limpia. El muchacho deforme trataba de mantenerse en pie, o de huir y gritaba, gemía, aullaba. Trataba de pedir compasión pero jamás aprendió a hablar, era torpe con sus piernas y brazos por lo que no pudo correr a ninguna parte. Débil y enfermo a base de una dieta de sobras.
Teseo barrió con la pobre criatura, desnudó su espada sólo para despojar al desdichado Minotauro de sus miembros para dejarlo morir en un charco de sangre y lágrimas.
Al salir del laberinto, Teseo fue recibido como un héroe y como tal pasó a la historia como el valiente hombre que logró vencer al terrible Minotauro.

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