|Davo Valdés de la Campa|

 

Este texto está compuesto de una serie de reflexiones sobre el cuerpo, a partir la pieza Ensayo para una encarnación de la artista Larisa Escobedo, que actualmente se expone en el Espacio X del centro cultural Jardín Borda. Pueden visitarla hasta el 17 de septiembre. Escobedo es una artista multidisciplinaria que desde la instalación, el dibujo, el video y el arte público ha explorado diversas políticas y poéticas del cuerpo.


Foto: Maleny Vázquez

Cuando hablamos de nuestro cuerpo utilizamos metáforas, para describirlo, para denostarlo, para desaparecer su tajante materialidad. Decimos nariz aguileña, ojos de gato, cuello de jirafa, cuerpo de perra parada.

Es imposible definir qué es un cuerpo en sí mismo. Casi toda la experiencia de nuestro cuerpo se traduce a través del lenguaje y por lo tanto existe una fractura insuperable entre lo que sentimos y lo que expresamos.

Un cuerpo es un estado en constante transición.

Foto: Maleny Vázquez

 

Los cuerpos también representan el curso de la historia. En la actualidad la verdadera innovación de nuestros cuerpos, es que a pesar de ellos podemos construir el género, a través del lenguaje y la performatividad y pensar que eso, en el fondo es lo que el cuerpo dicta.

Dice Judith Butler que “las categorías nos dicen más sobre la necesidad de categorizar los cuerpos, que sobre los cuerpos mismos”. Para Butler no existen los cuerpos en estado puro, sólo existen los cuerpos en escena. Por lo tanto el cuerpo es una realidad material y una práctica dramática.

De esta manera, el cuerpo es una continua e incesante puesta en escena de materialidades, significados y posibilidades culturales.

El cuerpo es la posibilidad de rennegar, de rebelarse, de estar inconforme.

Dice Jean-Luc Nancy en su libro 58 indicios sobre el cuerpo: “un cuerpo es inmaterial. Es un dibujo, es un contorno, una idea”. Y más adelante: “El alma es la forma de un cuerpo organizado, dice Aristóteles. Pero el cuerpo es precisamente lo que dibuja esta forma. Es la forma de la forma, la forma del alma”.

Ensayo para una encarnación de Larisa Escobedo es una idea sobre el cuerpo. Es una metáfora visible, tangible sobre la espiritualidad del cuerpo.

Los medios de comunicación han naturalizado la exposición violenta y descarnada de los órganos que componen nuestro cuerpo. Mutilaciones, deshollamiento, amputaciones. Y Escobedo devuelve esos órganos al terreno de la poesía.

La pieza de Ensayo para una encarnación parte de la experiencia mística del cuerpo. La piel, las extremidades son materia, pero en constante significación cultural. La piel como un lienzo político, por ejemplo. El cuerpo como portavoz estético de la disidencia, a través de la ropa. La vestimenta como metáfora cotidiana de lo que llevamos más allá del cuerpo y que no obstante está en la experiencia propia del cuerpo.

Buda de mármol asexual. Despojado de su identidad. Despojado de la característica inmaculada del mármol. Metáfora expuesta. Cuerpo que descompone su propia lógica o que revela su verdadera lógica dramática. Brazos con textura de coral o moluscos que atraviesan la espalda son ejercicios de cómo vincular lo corpóreo con lo inmaterial. Por ejemplo, el sexo femenino o la abstracción de la forma de una fruta que se posa en el sitio del corazón. Pero la pieza se articula también por su semejanza con los templos budistas destruidos en Camboya o con la sensación de estar presenciándo una escultura de un templo oriental en el fondo del mar. En su sencillez la escultura es una encarnación espiritual del cuerpo iluminado, de espaldas al jardín, sobre la arena. Cuerpo que por ser cuerpo es el receptáculo de cierta sabiduría primaria y elemental.

 

 

Escobedo nos muestra un cuerpo cerrado, petrificado, despojado de su humanidad porque es un cuerpo compuesto por todo lo que no es humano, pero al mismo tiempo está humanizado a través del lenguaje corporal del cuerpo: en principio la posición de flor de Loto. También es la posibilidad metafórica de hablar del cuerpo humano desde lo ajeno. No es un cuerpo en su literalidad. Es un cuerpo completamente a través de su manifestación estética, la búsqueda de esa posibilidad dramática que expone Butler. Es una forma de traducir a imagen y cuerpo (inerte, orgánico, pero inanimado) lo que un cuerpo humano siente, goza, sufre, no sólo a través del cuerpo sino a través de la experiencia del espíritu o de la construcción cultural de la divinidad. Es lo que Nancy llama la forma de la forma, la forma del alma.

La escultura es un cuerpo con una única apertura material. En el tercer ojo. No en los ojos, ni en el corazón. Sólo a través del tercer ojo se mira el jardín o el muro blanco, según nuestra posición en el Espacio. Es una invitación a mirar de manera más profunda los cuerpos. Devolver la posibilidad metafórica del cuerpo, lejos de su banalización en el espectáculo de la violencia.

En el espacio expositivo escuchamos  a modo de mantra: vagina, pene, ojos, nariz, es decir, la enunciación de las partes del cuerpo, pero sin el cuerpo presente. Lo que presenciamos es la iluminación del cuerpo.

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