||| Davo Valdés de la Campa ||||

Fotos: Luis Valdés

 

Reproducimos el texto que leyó Davo Valdés en la presentación del libro Nómbrame __________ para que no me pierda (Astrolabio, 2017), con textos de bailarines de Fóramen, que escribieron bajo la tutela de la poeta Kenia Cano. La presentación se llevó a cabo en el Teatro Ocampo el 22 de febrero.

 

Nómbrame ___________ para que no me pierda es un libro que logra unir dos lenguajes: el de los cuerpos en movimiento y el de las palabras. En esa aventura de tal forma que es difícil saber dónde comienza uno y dónde termina el otro. El libro como objeto físico contiene la experiencia vital de doce bailarines, que a través de un proceso de escritura y autoreflexión crearon textos poéticos para hablar de quiénes son. Por ejemplo el desoblamiento de Silvia Mohedano que nos presenta siete u ocho o no sé cuántas versiones de ella y nos confiesa que su nombre tiene las primeras letras de la palabra silencio, pero también de la palabra silueta, que bien podría ser un equivalente de silencio a través del cuerpo.

También está la fauna de los poemas de Sergio Ornelas, animales que se convierten en materia inorgánica de bolitas de unicel o juguetes que recuerdan a la infancia; o la sabiduría profunda detrás de la personalidasd risueña y extravagante de Erick Mejía que nos dice: “que religión, magia y ciencia están relacionadas”, quizá en una maraña que a través de las edades hemos intentado desenredar pero que en el centro continúan unidas en un abrazo eterno, pienso ahora en Mariana García y su vulnerabilidad, en su propia fuerza interior ante el abismo y su ofrenda de restauración a esas pequeñas cosas que nos hacen quiénes somos: el café, el pan, la muerte, los ciclos, el mar profundo, la hermandad, las distancias. O Gina Ancona que a boca llena se define necia, indecisa, contreras, pero también niño y anciano, mujer madura al igual que un pez, que un mar, un lirio; o Tanya Cárdenas que nos guia a través de sus sentidos a habitar el verbo de la vida: a esa necesidad de no callarse, porque sabe que eso significaría la muerte; o Maco que se niega a seguir el curso del soy porque dice que no debes decirlo si no te da la gana y nos regala un hallazgo poético cuando asegura que el silencio no deja de sorprendernos, de sorprenderla,que acepta que cada día muere un poco más, y Tere que escribe sobre la dualidad que impera en su existencia, a la complicidad sanguínea, a lo que significa llegar acompañada al vacío de este mundo, o Andrés de la Cruz que nos lleva a través de recuerdos a rememorar el primer beso, pero también los golpes: la tensión entre muerte, violencia, amor y belleza, un hoyo peligroso del que nos advierte: ¡sal de ahí! Y recubriendo el trabajo poético, esstá la fulminante belleza de los textos de Kenia Cano, llena de imágenes y sensaciones tan cercanas a la carne que es imposible no sentirse afectado por su poesía y también está Gerardo Sánchez, que llevó todas y cada una de estas palabras al movimiento, al otro lenguaje, al de los cuerpos y la danza, y que no puedo sino admirar por hallar comunión y entendimiento, traducción no de un idioma a otro, sino de lenguaje oral o otro lenguaje anterior, mucho más intuitivo y auténtico y no olvido también las otras posibilidades de no haber existido de Kenia Navarro y lo que uno debe hacer para que las cosas que son no dejen ser: nombrarlas para que no se pierdan.

La poesía a través del lenguaje nos invita a habitar el mundo como si lo hicieramos por primera vez. Ese es el poder de las palabras. Transformar una experiencia en comunión. Sentir el calor en tiempos de frío. Poder vernos más allá de lo que podemos ver en el espejo. Una palabra tuya basta para sanarme, reza uno de las plegarias del rito catolico. Y es verdad que una palabra basta para que uno pierda el hambre, el sueño, o para que su corazón, su biología más primordial acelere su ritmo y la epidermis se ensanche, arda, tiemble. La poesía es una casa tan grande que incluso todos los días la usamos para referirnos a lo que nos rodea. Pienso en la figura retórica de la hipérbole que no es sino una exageración metafórica: te quiero tanto que duele, tengo tanta hambre que podría comer un caballo, era tan feo que me dejó ciega, anoche lloré tanto que nació un nuevo mar. Todos los días comunicamos lo que sentimos y pensamos en términos poéticos. Pero el verdadero terreno de la poesía es la claridad y la transparencia. Es poder ver todas esas cosas diarias: enamorarse, tener miedo al fracaso, sentirse solo, pero a través de un velo extraño o de un lente que distorsiona, un mecanismo minucioso que transforma lo natural, lo lógico y lo común en algo extraodinario, único y milagroso.

Todo esto ocurre bajo el mandato de las palabras y muchas cosas comienzan así pero el lenguaje tiene límites y a veces es pertinente callar. Gerardo Sánchez dice: “en el momento en que la palabra calla, el cuerpo habla”.  Y es verdad y es un hallazgo, y eso es lo busca el poeta en su labor todos los días: momentos de verdad pura. Es verdad que cuando ya no hay nada que decir los labios actúan y las manos reconocen caminos. El cuerpo baila.

 

 

 

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